CUANDO LOS HIJOS INVADEN EL MATRIMONIO

No cabe ninguna duda de que los hijos son una bendición de Dios y que llegan a nuestra vida para enriquecernos en nuestra relación matrimonial y extender nuestra vida más allá de la frontera del matrimonio. ¡Los hijos son una bendición del cielo en cada etapa de la vida!

Más allá del beneficio que aportan los hijos al matrimonio, corremos un serio peligro si no actuamos sabiamente, porque aunque parezca increíble los hijos pueden provocar un desequilibrio en el matrimonio que resulte en la pérdida de la felicidad familiar.

A lo largo de nuestros años de ministerio junto a mi esposa y de numerosas charlas de consejería, nos hemos encontrado con muchos cónyuges preocupados y angustiados porque su relación matrimonial se fue desgastando con la llegada de los hijos, su crianza y educación.

Por cierto que la solución a esta problemática no es en absoluto no tener hijos; sino ser conscientes de esta problemática, estar alertas y tomar medidas para que la llegada y crianza de los hijos no resquebraje la relación conyugal.

Por ejemplo, una de las cosas que suceden cuando recibimos la feliz noticia de que vamos a ser “padres” es que nos emocionamos tanto que aún en el tiempo del embarazo el bebé ya empieza a tener la prioridad y preeminencia en el matrimonio.

A pesar de que el bebé aún no está presente en la casa, lo está en el vientre de la madre, quien generalmente empieza a enfocarse solo en su bebé con el riesgo de descuidar al “otro bebé” que tiene a su lado: su marido. Es muy común que en el embarazo, muchos maridos se sientan desplazados y empiecen a sentir celos de su hijo por haberle robado la atención de la mujer que ama. La mujer, aduciendo que tiene que cuidar su “panza”, ya no es tan cariñosa como antes y se niega a los requerimientos íntimos de su marido con lo cual origina una rajadura, que puede dar lugar a una división peor entre ella y su marido.

Cuando nace el bebé y ya hay una personita más en el hogar, muchas veces pasa a ocupar el lugar más importante de la vida familiar. Todo empieza a girar en torno a él. Las noches tranquilas y placenteras que antes disfrutaban se transforman en horas de desvelo, tensión y agotamiento que pueden afectar negativamente la relación matrimonial.

Si bien siempre ha habido matrimonios que dormían con su bebé en la habitación, últimamente, ha nacido una corriente nueva llamada “colecho”, que significa dormir con los hijos. Se puede hacer desde dormir en la misma cama, como tener una cuna especialmente diseñada para ir adosada a la cama familiar, o bien usar una cuna convencional sin uno de los lados y adosarla a la cama donde duermen los padres. Independientemente de cómo prefieran que su hijo duerma entre ellos, esa presencia pequeña en el dormitorio atenta contra la vida íntima espontánea y natural de la pareja.

Cuando el niño crece, es probable que se sume a la familia un nuevo miembro con lo cual un momento romántico puede terminar con un rotundo “¡No! ¡Nos pueden ver los niños!”

A veces pensamos que cuando llegan los hijos a la adolescencia y a la juventud todo cambiará, pero con el paso del tiempo descubrimos que nunca dejamos de ser padres. Cada etapa tiene su desafío y siempre estaremos, en mayor o menor medida, involucrados en la vida de nuestros hijos y pendientes de todo lo que les suceda.

La pregunta que surge entonces es: ¿Qué podemos hacer para que nuestro matrimonio no se resquebraje por estar demasiado enfocados en los hijos?

Primero quiero mencionar los riesgos que se corren cuando el matrimonio vive únicamente enfocado en los hijos:

1. Se pierde el concepto de la valorización del cónyuge, del privilegio y la bendición de tenerlo al lado para vivir la vida juntos. Se pierden hermosos momentos que posteriormente cuesta recuperarlos.

2. Se origina una sigilosa división que desune al matrimonio con la posterior consecuencia de buscar “afuera” lo que se debería encontrar dentro del hogar.

3. Se resquebraja la comunicación, porque los cónyuges no le dedican tiempo a la pareja.

4. Se pierde el concepto de intimidad. Estar a solas ya no es lo normal sino excepcional.

5. Los cónyuges pueden transformarse lentamente en dos desconocidos que solo duermen juntos. Puede que esto no se note cuando los hijos viven en el hogar, pero una vez que ellos se marchan, los cónyuges llegan a la triste conclusión de que a pesar de vivir juntos son dos completos desconocidos.

¿Cuál es el equilibrio? ¿Se puede encontrar un equilibrio saludable?

Sí, se puede, pero para eso es necesario saber lo siguiente:

1. La llegada de un hijo, y de más hijos, transformará la vida matrimonial en una vida familiar. Sabiendo esto habrá que trazar estrategias sabias que impidan el debilitamiento de la relación matrimonial.

2. Será necesario exponerse a una serie de cambios y, según las circunstancias lo requieran, habrá que negarse a uno mismo en favor de los hijos.

3. El lugar central de una familia cristiana no le pertenece a los hijos, como tampoco le pertenece a la pareja. El centro de la familia debe ser el Señor. Vivir enfocados en Él nos ayudará a vivir equilibrados y superar los obstáculos que la vida familiar presenta.

4. El tiempo de los hijos es para los hijos, así como el tiempo de la pareja es para estar en pareja. Recordemos que antes que llegaran nuestros hijos, primero estuvimos solos con nuestro cónyuge. Por eso los hijos vienen a complementar el matrimonio. Vienen a sumar, no a restar. Ninguno debe restarle tiempo a ninguno.

5. Cada cónyuge necesita de su tiempo íntimo a solas con Dios cada día. La vida matrimonial es de a dos, pero la vida espiritual es individual, entre yo y Dios. La unidad espiritual es indispensable para superar los obstáculos de la vida matrimonial.

6. Será indispensable pedirle gracia al Señor para que su orden se imponga en el hogar. Y más allá de darle todo el amor y cuidado a los hijos, tener el equilibrio de no descuidar la relación conyugal.

7. Será necesario entender o revalorar como varones el rol de madre, de la mujer, que no tiene límites. El instinto de una madre es de hacer lo que sea por sus hijos, y como varones debemos ser conscientes de esa característica innata de nuestra esposa como madre. La abnegación de una madre no es una característica a confrontar y resistir sino a valorar. No cabe aquí que el hombre discuta con su esposa y le pregunte incisivamente: “Amas más a los niños o a mí”. Esa es una actitud totalmente inmadura del hombre, que pondrá más presión y carga sobre la mujer. Después de todo… la mujer tiene mucho amor para dar y amar tanto a su esposo como a sus hijos. Así la ha diseñado Dios.

8. Si como hombres y esposos hemos experimentado en algún momento celos de sus hijos y hemos pensado que nos han “robado” tiempo para estar con nuestra esposa, es tiempo de renunciar a ese pensamiento y dar gracias a Dios por la vida de nuestros hijos. También sería un buen momento para dar gracias a Dios por nuestra esposa y por lo buena madre que es.

9. El matrimonio debería tratar de dejar a los niños al cuidado de algún familiar o alguna persona de su confianza para poder salir solos de vez en cuando. Dedicar una hora o dos por semana para una salida de pareja podría llegar a tener un efecto muy positivo en la vida del hogar. Si no tienen con quien dejar a sus hijos, tendrán que armarse de paciencia y tener la capacidad de renuncia que se requiere en estos casos y buscar otras alternativas.

10. Por sobre todo, pidamos al Señor que nos dé la gracia de enfocarnos en nuestros hijos como un complemento que enriquece nuestra vida matrimonial y que podamos tener el equilibrio justo que merecen nuestros hijos como “herencia del Señor” sin descuidar el “tesoro” de nuestra relación matrimonial.